Y por si ello no fuera suficiente, la banda sonora es ejemplar. Sólo por descubrir a un grupo superlativo como Galaxie 500 ya ha merecido la pena.



Boussenard y Jules Verne no pierden la ocasión de instruir; en los instantes más críticos, cortan el hilo del relato para lanzarse a la descripción de una planta venenosa, de un poblado indígena. Como lector, me saltaba esos pasajes didácticos; como autor, llenaba mis novelas con ellos; pretendía enseñar a mis contemporáneos todo lo que ignoraba; las costumbres de los fueguinos, la flora africana, el clima del desierto. Separados sin quererlo y luego embarcados sin saberlo en el mismo barco y víctimas del mismo naufragio, el coleccionista de mariposas y su hija se aferraban a la misma boya, levantaban la cabeza, los dos daban un grito: "¡Daisy!", "¡Papá!". Desgraciadamente un tiburón buscaba carne fresca, se acercaba, brillaba su vientre entre las olas. ¿Escaparían de la muerte los desgraciados? Iba a buscar el tomo "Pr-Z" del Larousse, lo llevaba penosamente hasta mi pupitre, lo abría en la página correspondiente y copiaba palabra por palabra pasando a la otra línea: "Los tiburones son comunes en el Atlántico tropical. Estos grandes peces de mar muy voraces, alcanzan hasta trece metros y pesan hasta ocho toneladas..." Yo me tomaba el tiempo de transcribir el artículo; me sentía deliciosamente aburrido, tan distinguido como Boussenard y, como aún no había encontrado la manera de salvar a mis héroes, seguía tomándome el tiempo entre exquisitas angustias. (p.120-121)
Es mi costumbre y además es mi oficio. Durante mucho tiempo tomé la pluma como una espada; ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros; hacen falta; aun así sirven. La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen este espejo crítico. (p.214)
“Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: “Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias”. Pero eso no quiere decir nada. Quizá fuera ayer.” (Inicio de El extranjero, Albert Camus)
“Mi padre murió hace un año. No creo en esa teoría según la cual nos convertimos en verdaderos adultos cuando mueren nuestros padres; nadie llega a ser nunca un verdadero adulto.” (Inicio de Plataforma, Houellebecq)
“Dijo que tenía algo para mí, por eso estaba aquel día de camino hacia la casa de mi amigo muerto. Su madre me lo dijo.” (Inicio de Ejército enemigo, Alberto Olmos)

Pues yo no existía; sólo existen los millares de espejos que me reflejan. Cada nueva amistad aumenta la población de fantasmas que se me aparecen. Viven en algún sitio, se multiplican de alguna forma. Yo solo no existo. Sin embargo, Smurov continuará viviendo durante largo tiempo. Los dos niños, esos discípulos míos, crecerán y alguna imagen mía vivirá en ellos como parásito tenaz. Y luego llegará el día en que morirá la última persona que me recuerda. Como un feto al revés, mi imagen también se desvanecerá y morirá dentro del último testigo del crimen que cometí por el mero hecho de vivir. Tal vez una historia casual sobre mí, una simple anécdota en la que aparezco yo, pasará de su hijo a su nieto y así mi nombre y mi espíritu aparecerán de en cuando durante un tiempo más. Luego llegará el fin.(p.134)
“La idea de la muerte, que antes me había asustado tanto, era ahora una cuestión intima y simple. Estaba asustado, terriblemente asustado del dolor monstruoso que podía causarme la bala; pero ¿asustado del negro sueño de terciopelo, de la oscuridad eterna, mucho más aceptable y comprensible que el insomnio de la vida?” (p.36)
“¿Qué me importaba que fuera estúpida o inteligente, o cuál hubiera sido su infancia, o qué libros leía, o lo que pensaba sobre el universo? Realmente no sabía nada sobre ella, cegado como estaba por ese enamoramiento ardiente que lo sustituye y lo justifica todo y que, al contrario de un alma humana (a menudo accesible y apropiable), no puede ser aprehendido en modo alguno, del mismo modo que uno puede incluir entre sus pertenencias los colores de las nubes a la hora del crepúsculo sobre las casas negras, o el olor de una flor que uno respira incansablemente, con las fosas nasales tensas, hasta la intoxicación, pero sin sacarlo nunca por completo de la corola” (p.97)
“Es terrible cuando la vida real de pronto resulta ser un sueño, ¡pero cuánto más terrible es aquello que uno creía un sueño –fluido e irresponsable- comienza a convertirse de pronto en realidad!” (p.128)
Imaginemos a una mujer que al volver a casa sorprende a su marido inspeccionando con un palito su propia mierda. Imaginemos que este hombre no regresa jamás de su ensimismamiento, y que ella tiene que internarlo en una clínica para enfermos mentales al norte del país. Nuestro libro comienza a la mañana siguiente, cuando esta mujer regresa en tren a su domicilio tras haber finalizado los trámites de ingreso, y el hombre que está sentado a su lado, un hombre joven, de nariz prominente, ojos saltones y alopecia prematura, que viste un traje azul marino y lleva sobre las rodillas una peculiar carpeta de color rojo, se dirige a ella con esta pregunta tan peregrina:Otras frases dignas de ser rescatadas:
- ¿Le apetece que le cuente mi vida?
La democracia es cancerígena y su cáncer es la burocracia. Una oficina arraigada en un punto cualquiera del Estado, se vuelve maligna como la Brigada de Estupefacientes, y crece y crece reproduciéndose sin descanso hasta que, si es controlada o extirpada, asfixia a su huésped, ya que son organismos puramente parásitos (...) Una oficina opera a partir del principio inventar necesidades para justificar su existencia. La burocracia es tan nefasta como el cáncer, supone desviar de la línea evolutiva de la humanidad sus inmensas posibilidades, su variedad, la acción espontánea e independiente, y llevarla al parasitismo absoluto de un virus... La burocracia muere cuando se derrumba la estructura del Estado. Las oficinas son tan incapaces e inadecuadas para tener existencias independientes como una solitaria sin tripa.
El Oficial del Juzgado tiene su despacho... De hecho, allí es donde tramitan los casos civiles, prolongándose los trámites de modo inexorable hasta que los litigantes mueren o retiran su caso. Esto se debe al enorme número de expedientes que se ocupan absolutamente de todo, expedientes que están archivados en lugares equivocados, de modo que nadie excepto el Oficial del Juzgado y su equipo de ayudantes pueden encontrarlos, aunque a veces se pasan años buscándolos.
Aquel otoño tuvo Matriona un sinfín de contrariedades. Las vecinas le sugirieron la idea de reclamar una pensión. Estaba completamente sola en el mundo y la dieron de baja en el koljós cuando se agravó su enfermedad. Era víctima de muchas injusticias: estaba enferma y no la consideraban inválida; había trabajado un cuarto de siglo en el koljós y, como no había trabajado en una fábrica, no le correspondía una pensión por sí misma, pudiendo solicitarla únicamente por su marido, es decir, por pérdida del sostén de la familia. Como su marido había muerto hacía doce años, al comienzo de la guerra, ahora tropezaría con dificultades para obtener, en los diversos sitios donde él trabajó, los certificados que acreditasen el tiempo que prestó sus servicios en cada uno de ellos y el sueldo que percibía. Tendría que gestionar esos certificados; conseguir que justificaran en ellos que el hombre cobraba unos 300 rublos al mes; legalizar otro certificado atestiguando que vivía sola y no recibía ayuda de nadie; otro con la edad que tenía; después tendría que presentar todos esos documentos a la Seguridad Social; luego, seguramente, tendría que volverlos a entregar. Y, además, debía estar pendiente de si le concedía la pensión o no. (...) Por un punto o una coma le hicieron andar dos meses de oficina en oficina. Cada indagación le obligaba a perder la jornada entera. Si iba al Soviet Rural resultaba que aquel día no había acudido el secretario, que no estaba sencillamente, como ocurre a menudo en los medios rurales. Y tenía que volver al día siguiente. Entonces encontraba al secretario, pero el secretario no tenía los sellos en su poder. Y se veía precisada a volver por tercera vez. Y por cuarta, porque por defectuosidad en la vista estamparon la firma en el papel que no correspondía.
Aquí me enteré de que el llanto por un muerto no es una mera expresión de dolor, sino una política sui generis.